El reloj parado a las siete (Giovanni Papini)

Bueno los que me conocen, saben que eventualmente solía enviar cuentos o textos que por algún medio solían llegar a mis ojos, y donde me encontraba en “resonancia” (esa palabra la estoy usando mucho ultimamente) con algunas ideas, pensamientos o reflexiones que se identificaban con algún sentimiento.

Muchos de esos mails quien sabe dónde estan guardados (en algún lugar seguro) y es por ese motivo que a medida que recuerdo alguno de mis relatos favoritos, trato de buscarlo y escribirlo en el blog para compartirlo con los lectores que puedan llegar aqui.

Pero obviamente estos recuerdos no vienen sólos, sino que vienen asociados a alguna cosa que vivi recientemente, o algo que me hizo recordar alguno de estos particulares cuentos. Y esta no es la excepción.

Llegaba a la oficina y me sorprendió ver un local que tenía en su vidriera una “cortina de relojes antiguos” (interprétese literalmente). Sinceramente no leí el cartel para conocer el nombre del local, ni de que se trataba, pero supongo que debe ser una relojería (o alguna casa de antigüedades). Obviamente tomé una foto con el celular que luego subiré. La cortina estaba acompañada, en el piso de la vidriera, por un “cementerio de relojes”, y la verdad que cualquier foto sería bastante impactante.

El cuento que me trajo a la memoria es el de Papini, y en este cuento encontré siempre una analogía con nuestra vida. Los momentos en que el reloj parado se encuentra en perfecta armonía con el universo, bien pueden ser los momentos de felicidad por los cuales los terrestres atravesamos, por fugaces que muchas veces sean. Espero que lo disfruten, al igual que yo al transcribirlo!

Cementerio de Relojes

Hay en una de las paredes de mi cuarto un hermoso reloj antiguo que ya no funciona. Sus manecillas detenidas casi desde siempre, señalan imperturbables las misma hora: las siete en punto.
Casi todo el tiempo, el reloj es solo un inútil adorno de una blanquecina pared.
Sin embargo hay dos momentos en el día, dos fugaces instantes en el viejo reloj parece resurgir de sus cenizas como un ave fénix. Cuando todos los relojes de la ciudad, en sus enloquecidos andares marcan las 7 y los cu-cu y los gong de las demás máquinas hacen sonar por 7 veces su repetido canto, el viejo reloj de mi habitación parece cobrar vida.
Dos veces al día, a la mañana y a la noche, el reloj se siente en absoluta armonía con el resto del universo. Si alguien mirara el reloj solamente en esos dos momentos, diría que funciona a la perfección…
Pero pasado ese instante, cuando los otros relojes han acallado su canto y las manecillas siguen sus monótonos caminos, mi viejo reloj pierde su paso y permanece fiel a aquella hora que alguna vez detuvo su andar.
Y yo amo ese reloj y cuanto más hablo de él, más lo amo, porque cada vez me siento más parecido a él. También yo estoy parado en un tiempo, también yo me siento clavado e inmóvil, también yo soy de alguna manera un adorno inútil en una pared vacía.
Pero tengo también fugaces momentos en que, misteriosamente, llega mi hora. Durante esos tiempos, yo me siento vivo. Todo está claro y el mundo se transforma en maravilloso. Yo puedo crear, soñar, volar, decir y sentir más cosas en esos instantes que en todos los otros momentos. Estas conjunciones armónicas se dan y se repiten una y otra vez, como una secuencia inexorable.
La primera vez que lo sentí, trate de aferrarme a ese instante creyendo que podría hacerlo durar para siempre. Pero no fue así. Como a mi amigo el reloj, también a mi se me escapa el tiempo de los otros.
… Pasados estos momentos, los otros relojes que anidan en otros hombres, continúan su giro y yo vuelvo a mi rutinaria muerte estática, a mi trabajo, a mis charlas de café, a mi aburrido andar que acostumbro a llamar vida.
Pero yo sé que la vida es otra cosa.
Yo sé que la vida, la vida de verdad es la suma de aquellos momentos que aunque fugaces, nos permiten percibir la sintonía con el universo. Casi todo el mundo, pobre, cree que vive. Solo hay momentos de plenitud y aquellos que no lo sepan e insistan en querer vivir siempre, quedaran condenados al mundo del gris y repetitivo andar de la cotidianidad.
Por esto te amo, viejo reloj, porque somos la misma cosa, tú y yo.

Cortina de Relojes

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Una respuesta to “El reloj parado a las siete (Giovanni Papini)”

  1. Maria Florencia Says:

    A mi en particular me encanto el cuento en pocas palabras…

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