Acto XV: Península de Valdés

Pennsula de Valdés (Puerto Pirámides) 

Bueno habrán notado, los seguidores de este humilde diario (si es que existe alguno) el gran impás que existió entre el acto anterior y el que me encuentro redactando en este momento. No es casualidad, sino que narrar y contar los lugares por donde habíamos pasado en los relatos anteriores era más emocionante, para mí, que redactar los últimos días, donde a pesar de estar de vacaciones el cansancio de la ruta se empezaba a sentir, y analizábamos constantemente la cantidad de kilómetros (y sobre todo el estado de la ruta) de cualquier excursión o lugar para conocer del que se nos presentaba la oportunidad.

No había motivo para sorprenderse. Habíamos llegado, otra vez, de madrugada al hostel que teníamos reservado. Por suerte, una vez que tocamos timbre en “Che Patagonia”, a los pocos segundos se habrió la puerta, y una sensación de calma llegó a nuestros rostros cuando la reserva que había hecho, allá por los primeros días del año, se encontraba perfectamente registrada.

Otra vez, tuvimos que ingresar a la habitación, estando el resto de nuestros compañeros de cuarto durmiendo: lo lamentamos, nosotros también teníamos ganas de descansar. Por la mañana, luego de hablar con el encargado del hostel, que nos dio un panorama de las diferentes excursiones y posibilidades que teníamos en Madryn, decidimos ir a la Península de Valdés. Teníamos que hacer aproximadamente 100 kilómetros hasta el centro de visitantes, donde se nos informaba acerca de las atracciones de la Península. Todo el recorrido dentro de la Península (que habíamos elegido hacer) eran 210 kilómetros del ripio, que gracias a Dios serían los últimos kilómetros de ripio de nuestra larga aventura. Debido a los fuertes vientos de la Península, luego de ser advertidos por los guardaparques del “traicionero” ripio de la Península, el estado del camino se encontraba con demasiados “pianitos”, formados justamente por el viento. Recomendaban también no transitar a más de 40 kilómetros por hora, y una clara advertencia también por los animales sueltos. Una de las normas de la Península: es no descender del vehículo en medio del camino, en caso de observar algún animal, uno puede detenerse con el coche a observarlo y sacar alguna foto, pero no puede bajar del auto.

Lamentablemente, como ya sabrán, no contábamos con una 4×4 para poder transitar “fugazmente” el camino, por lo cual constantemente debíamos tener cuidado con la altura de la acumulación de piedras en el camino, no solo para que el auto resbale, sino para que no toque el chapón. A todo esto, a los pianitos se los podía combatir llendo a menos de 30 kilómetros por hora, o bien superando los 80 kilómetros por hora (ojo, esto me lo han comentado, no es que nosotros lo hayamos hecho).

Fue así que realizamos el siguiente recorrido: Puerto Pirámides, Punta Norte y Caleta Valdés. Puerto Pirámides nos sorprendió con la hermosa playa con la que cuenta. Vimos un ave que había llegado con la marea, entre nuestra ignorancia y su parecido, pensamos que era un pingüino, pero cuando lo vimos volar, descartamos la posibilidad. Estuvimos un rato en la playa, cuando decidimos seguir viaje a nuestros otros dos destinos. En Punta Norte visitamos a los lobos marinos, que no dejaban, con su particular gracia, de moverse y de “murmurar” graciosamente entre ellos. Ejército era poco. Se los podía ver a unos 150 metros aproximadamente.

En Caleta Valdés, el último destino dentro de la Península que haríamos, nos encontraríamos con los ansiados y graciosos pingüinitos. Si Ejército no alcanzaba para los lobos, un batallón de pingüinos estaba al parecer “paralizado” en la costa de la Península. El vientos que soplaba era muy fuerte, y los pequeños parecían refugiarse en sus cuevas y lomas de tierra. Por fin los había conocido, algo que anhelaba hace tiempo, pero sinceramente me hubiera gustado tener algo de contacto con estos animalitos tan simpáticos y a la vez tan “chinchudos”.

Pennsula de Valdés (Caleta Valdés)

A mi parecer, el cansancio del viaje y el hecho de tener que hacer casi 100 kilómetros de un punto a otro de la Península para admirar las diferentes atracciones, opacaba un poco la Naturaleza y hacía que los días en Madryn sean más para descansar, que para conocer otros lugares. De hecho eso haríamos el día siguiente.

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