+1 día

Dia de ataque a la cumbre. Luna llena

Día de ataque a la cumbre. Luna llena

2.15 AM. “Chicos, nos vamos levantando, son las dos y cuarto pasadas”, dice Nahuel al abrir la puerta del refugio. Qué duro tener que levantarse a esa hora, cuando ya me había podido dormir, con el calor que daba la bolsa de dormir, y encima salir a caminar en un clima frío, y a nada mas y nada menos, que a hacer ejercicio físico.
Sin dudas que la preparación que nos había querido dar el “Champaquí Extremo”, queriendo hacer las dos cumbres en el mismo fin de semana (La Totora y el Cerro Champaquí) empezando a caminar a las 4 am, con un equipo parecido al del Lanin, tenía algún sentido.
Algunos ya habíamos dejado casi todo listo para levantarnos, y ya saber que nos poníamos. Nos dicen que no hacía mucho frío, que con un pantalón de trekking o (si teníamos) cubre pantalón, ibamos a andar bien. “Nada de viento, totalmente despejado”. En el espacio reducido del refugio, donde 9 personas intentábamos cambiarnos, guardar las bolsas de dormir, y dejar ordenadas nuestras cosas hasta tanto volvamos para emprender el descenso final. “Todo en bolsas de residuos”. Por suerte nos liberábamos de llevar en la mochila unas cuantas cosas al intentar la cumbre, entre ellas, la bolsa de dormir (que particularmente la mía pesa alrededor de 2 kilos). Zapatillas, medias y abrigos extras, se quedaban. Sólo dos litros de agua, grampones, polainas que las llevaríamos puestas, alimentos de marcha, guantes, y como siempre, una prenda por capa para ir liberando calor y no transpirarnos.
Qué importante es eso, y cuantas personas quizás no lo sepan. Cuando empezábamos a caminar, a ascender, debíamos salir sintiendo un poco de frío. El cuerpo enseguida entraba en calor y comenzaba a condensar, por lo cual si salíamos con la temperatura confortable (sin sentir frío), en minutos más estaríamos transpirados, y en la primer parada que haríamos instintivamente nos sacaríamos algo de ropa (porque tenemos calor), y al estar parados, nos agarraría un enfriamiento que muchas veces es el culpable de querer regresar.

Preparando el equipo

Preparando el equipo

La luna estaba ahí, impecable. Quise sacarle un par de fotos, pero salieron desfocadas. Cómo deseaba tener una cámara en ese momento de mejor calidad, y me imaginaba “cuando muestre esta foto”. El paisaje que a penas se dejaba ver con la luz de la luna, la pendiente del Lanin, parecía una maqueta increible.
Terminaba de encintarme los talones, y la planta de los pies con la silver tape (o duck tape), que es una cinta que se compra en cualquier ferretería, y además de servir para reparaciones de todo tipo, yo la utilizo preventivamente para no sacar ampollas (lo había aprendido en Córdoba, que sufrí con la bajada). Me puse las medias, cubre pantalón, remera larga respirable y un buzo de ansilta de soft-shell (increíble esa tela, respirable, rompe viento y encima, seca rápido cuando esta un poco húmeda). Con ese equipo iba a salir a caminar, tiritaba un poco, pero era ideal para entrar en calor luego. Llvaba las dos camperas en mi mochila, alrededor de las 5.30 de la mañana usaría la campera más liviana, porque es el horario cuando hace más frío (cuando comienza a levantarse el Sol).
3 AM, todo listo. Caminaríamos 50 metros hasta la gran mancha de nieve, donde nos calzaríamos los grampones. Los habíamos regulado el día anterior, al llegar al refugio. Cada uno se los colocaba, y los guías revisaban que este todo bien. Pisábamos el hielo, y automáticamente el pie se inclinaba los 35 grados que serían constantes (y más) hasta por lo menos alcanzar el plateau (una especie de meseta al llegar a los 3.000 metros de altura), donde haríamos una parada.
Un guía encabezaba la fila, y los otros dos iban cerrando, cubriendo lo que llaman “la línea de caída” de todos nosotros. Los grampones se agarraban perfectamente a la nieve que estaba dura todavía, por ser la madrugada. Las linternas daban una luz increíble (las frontales), tipo minero, con la cantidad de leds que tenían.

Comienza a dar rastros de vida el Sol

Comienza a dar rastros de vida el Sol

Llevabamos ya una hora de caminata, y en un momento siento un ruido extraño. Era uno de mis grampones (el izquierdo), se había soltado, aflojado. Qué increíble que me pase eso en plena pendiente. “Hacete a un lado” me grita Luis. El grupo sigue, quedamos los dos clavados, en el medio de la nieve. Yo sosteniendome de los bastones con la otra pierna fija en la nieve, y el otro pie levantado. ¿Luis? arrodillado en la pendiente, clavando sus grampones con la punta delantera, acomodándome mi grampón izquierdo. Cómo si estuvieramos en una zapatería, viendo si me queda bien el calzado, pero a casi 3000 metros de altitud, totalmente inclinados, y si mirábamos hacia abajo, con un Lanin que intimidaba.
Después de varias veces que midió el grampón, admitiendo que me lo habían regulado mal, parecía ya estar ajustado lo suficiente para poder continuar el ascenso. Era muy loco ver al resto del grupo metros y metros arriba, nos habíamos retrasado bastante, y Luis comienza otro camino para ir directo a la altura donde estaban ellos. La idea era llegar a la misma altura donde ellos, y luego con alguna de las vueltas de “caracol”, nos unamos con el grupo. Los alcanzamos, y vaya que los alcanzamos con un ritmo, que nos permitió tomar un poco de aire unos dos o tres minutos hasta unirnos con la fila de luces. Seguíamos camino, pero fue ese momento el que me trajo directamente al aquí y ahora, y me daba cuenta lo que estabamos haciendo, lo que estabamos logrando, y el riesgo también que estabamos de alguna manera atravesando. Si bien uno no dudaba de la idoneidad de nuestros guías contratados (mucho menos luego de ver como estaba arrodillado en el plano inclinado), uno caía mentalmente en la cuenta de dónde estaba parado.
Sin dudas ese altercado me jugó en contra, además de enfriarme esos diez minutos estancado, y con las piernas tensas resistiendo la pendiente, psicológicamente también fue un golpe. Luego pensaba si me volvía a suceder, estaba pendiente de mi pierna izquierda (que justamente coincide con la que tiene la cirugía de ligamentos), y la separación del grupo por más de media hora en total, también fue un tema. No pararíamos hasta encontrarnos con el resto de mis compañeros.
El café, tomamos un vaso completo de café antes de salir del refugio (era nuestro desayuno) junto con algunas galletitas grandes de granix, que tienen bastantes calorías. Había gente que sólo optaba por tomar líquido y no comer alimentos, por el mal de altura. Hay gente que cuando se levanta, si no come algo, no puede continuar. Pero una vez en Buenos Aires, leyendo acerca de cómo aumentar la capacidad aeróbica, leí también que antes de hacer ejercicio físico, tomar café no es la mejor opción. Y se preguntarán ¿por qué? por el hecho de que aumenta el ritmo cardíaco, las pulsaciones, la cafeína. Esto hace que, comparando un día que hacemos ejercicio sin tomar café previo a otro en el que sí tomamos café, en este último rendiremos mucho menos que el primero, debido a que nuestro corazón se agita más rápido, y nos deja mucho menos margen de trabajar en el rango de frecuencia cardíaca adecuada (dependiendo de nuestra frecuencia cardíaca máxima). Pero yo no tenía idea de eso, y supngo que la mayoría de los que estabamos allí.

Hasta aca llegamos

Hasta aca llegamos

Ale comenzaba a sentirse congestionado, no podía respirar bien por la nariz, y además, pensando en el regreso (ese mismo día debíamos descender el Lanin por completo), había que calcular y tener resto para lo que quedaba. En total, serían aproximadamente 9 horas y media de trekking para el segundo día, desde que emprendimos el ataque a la cumbre, hasta que llegamos a la base, donde terminaba la aventura.
No se si será otro factor que habrá influido en mi decisión de parar en los 3.500 metros, para iniciar también el descenso, junto a mi amigo Ale. Pero también, desde que salí del refugio y vi la inclinación de la pendiente, me preguntaba cómo sería el descenso. ¿Lo podré resistir? ¿Mis rodillas resistirán? Sin dudas que era un desafío importante, además de llegar a la cumbre una satisfacción imposible de cuantificar en felicidad. La ansiedad de conocer mi desempeño en el descenso, también influyó, creo yo, en mi decisión de comenzar a descender de “nuestra cumbre”.

Cono de sombra del volcán Lanin proyectada al amanecer sobre el volcán Villarrica (Chile)

Cono de sombra del volcán Lanin proyectada al amanecer sobre el volcán Villarrica (Chile)

Al fin sentimos el calor del Sol

Al fin sentimos el calor del Sol

La cumbre, impecable

La cumbre, impecable

Mar de nubes

Mar de nubes

Nos alejábamos

Nos alejábamos

Miré a mi alrededor, miré las caras de mis compañeros, que estaban escalones más arriba que yo, y miré hacia abajo: Ale y Nahuel esperando mi decisión. Luis que arroja: “todos somos grandes y responsables, cada uno sabe como se siente y tengan en cuenta que hay que guardar piernas para el descenso, si hay dudas mejor no seguir”. Siempre hay dudas, pocas veces uno puede decir que esta el 100% convencido, o al menos son contados con los dedos de las manos esas situaciones. Ahí es donde faltó un factor motivador, además de mí mismo, externo, que diga: “Diego, vos venis bien, seguí que sólo faltan dos horas”. Bueno escuchar que faltaban dos horas (sin la parte de adelante), fue lo que terminó catapultando mi decisión del descenso. “Luis, yo me parece que también bajo”. “Me parece”, dije, dejando la puerta abierta de la duda, para ver si escuchaba un comentario que me convenza de hasta ahora, mi decisión final. No lo hubo, sentí que era el momento.
Cuantas cosas se juegan en esos momentos. Como imaginar el campo psicológico de una persona, todos los “vectores” que influyen en una decisión final. Son cosas que uno no entrena, ni en la cinta, ni en el escalador del gimnasio, ni en la camilla de cuadriceps, ni haciendo abdominales, ni caminando, ni andando, ni corriendo. Ni viendo la flexibilidad de la elongación cuando terminamos de hacer algún ejercicio. Algunos factores cuya probabilidad de que ocurran son pocas, otros factores que uno no tiene idea que van a estar ahí, afectando nuestro sentir, nuestra percepción del cuerpo. El frío, que a veces no permite darnos cuenta de los latidos. Pero el más importante, la motivación para continuar adelante.
En fin, muchas cosas fueron las que influyeron para comenzar a bajar. Me uní a Nahuel y Ale, y rápidamente comenzamos a quitarle metros a nuestra cumbre. Lo haríamos rápido para que no nos “caguen a piedrazos” los que seguían el ascenso. El acarreo rocoso de la última parte, arrastra rocas de mucho mayor tamaño y por eso el uso del casco. Pero no teníamos intenciones de si quiera dar chance a que una roca nos roce. Llegabamos a la gran mancha de nieve, y empezabamos a clavar los grampones bien firme, con el talón primero. Un paso tras otro, no era complicado, pero si se llevaba el 100% de los cuadriceps, ni hablar de los gemelos. Mucho esfuerzo. Le pregunto a Nahuel si no podíamos hacer “culopatín”, y dice que ellos no lo suelen hacer, por el peligro que representa que al descender, uno mismo con el talón frene sin querer, y se de vuelta, y comienza la caída boca abajo, lo que hace que sea casi imposible de frenarse. Eran 600 metros aproximadamente de puro descenso sobre la nieve, aún dura.
Paramos un par de veces, Ale también tuvo un problema con un grampón, así que también se los ajustó Nahuel.
A eso de las 8.30 llegabamos al refugio. Brindabamos, festejabamos nuestra cumbre después de dormir como una hora. Debíamos esperar al resto del grupo que llegaría alrededor de las 12.30, y para nuestra sorpresa, descendiendo rápidamente haciendo “culopatín”. Nahuel, asombrado de la decisión de los dos guías que acompañaban a los chicos. Yo, pensando, si sabía que bajaba así, hacía cumbre.
Pero eso no se escribió (sólo se pensó), quedará para el próximo Lanin, y será otra la historia.
18 horas, sanos y a salvo, en la base del Volcán. Antes de comenzar el trayecto del Bosque, miraba al volcán, miraba a dónde habíamos llegado.

Volcán Lanin, desde la base

Volcán Lanin, desde la base

Y siempre, la idea de “volveré” rondaba en mi cabeza, y un sentimiento muy profundo, cuando quitaba la mirada para terminar con los últimos metros del camino.

Volveré

Volveré

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