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Los montañistas son los seres del retorno, de Andrés Hurtado García (Madrid 1976)

junio 3, 2010

El sol, el viento y las tormentas los han ido curtiendo y volviendo su piel hacia el interior. Rudos por fuera, son sensitivos por dentro. Como las flores de las montañas que ellos tanto aman: delicadas y salvajes en su pequeña belleza. No, no buscan la muerte como algunos fingen creer. Nadie como ellos para amar la vida. Son los grandes amadores porque son los grandes despreciadores. Aman la patria en la que han nacido (siempre se nace en un sitio que no se ha escogido) y, sobre todo, la que han elegido: la montaña. Entonces para ellos todas las montañas son bellas; más que
un accidente físico, una denominación geográfica, las montañas son el reino de la luz, el camino a los nuevos amaneceres. Si el Hombre es un nómada, nadie mejor que ellos encarna este imperativo. Hoy están
aquí, mañana lucharán por aquella cumbre. Luego serán otras y otras en los horizontes. Como los nómadas, llevan pocas cosas a cuestas y mucha riqueza interior.
Dondequiera que vayan, la montaña, su patria interior, irá con ellos. la montaña es su modo de mirar la vida. Su comunión con los grandes espacios abiertos ha afinado en ellos sentidos ocultos: ellos comprenden la verdad del viento, auscultan la palpitación de las rocas, dialogan con los elementos y cohabitan con los vértigos. Ellos saben del
misterio de las nieblas y conocen los escondites de las águilas, sus ojos han mirado de cerca el esplendor del cielo cuando en las noches las estrellas han velado la víspera de una escalada largo tiempo soñada y a conciencia preparada. Su alma ha conocido la paz profunda que se establece después de los largos combates y les niega satisfacción
en alegrías ya superadas.
Tanta inmensidad acumulada en sus ojos, tanto silencio apelmazado en los oídos, tanta complicidad con las fuentes secretas de la vida, han ido depositando en su ser riquezas invisibles. La amistad es su fuerte y en ella son expertos. Yo los he visto ejercer el noble rito de los amigos. Todo puede ser simple: atacar la pared con la doble fortaleza que da la cuerda que los une y luego abrazarse en la cumbre. Un rito simple en el que se encuentran dos mundos, en el que se reconocen dos exiliados que han hallado por fin el camino de regreso.
Y qué hermosos son los retornos! Los montañistas son los seres del retorno: viven en camino, parten al amanecer, siempre al encuentro del sol y saben reconocerse en cada vuelta del sendero, en cada flor, en cada insecto, en cada cosa. Cada cumbre en el horizonte es su destino. Han preferido el riesgo a la inmovilidad; el frío, el viento, la sed, el cansancio, a la seguridad de los seres establecidos. Ellos podrían lícitamente sentir compasión, pero no lo hacen; aún no han encontrado tiempo para ello y su oficio no es mirar a los demás sino avanzar hacia sí mismos.
También yo quisiera ser como ellos: grandes en su pequeñez y pequeños en su grandeza. Yo quisiera levantar mi tienda en el glaciar o sobre una terraza de rocas al lado de la suya. Yo quisiera, como ellos, alumbrar nuevos amaneceres.

ANDRÉS HURTADO GARCÍA.
Madrid 1976