Archive for the ‘Parque Nacional Lanin’ Category

LANIN en FOTOS

diciembre 27, 2008

81 fotos del ascenso al Volcán Lanin, muy pronto los videos.

y así se fue despidiendo el 2008

diciembre 27, 2008

con una aventura y otro deseo cumplido

donde cada paso dejaba una enseñanza

la lucha no era contra la montaña ni mucho menos

no había vencedores ni vencidos

el objetivo? no era la cumbre

sino volver sano y salvo

con una nueva experiencia

la lucha es una lucha interna, con nosotros mismos

y alguien, gestaltica, me dijo

“que bueno Diego, que no te exigiste la cumbre”

eso fue todo amigos…

Hoy es un dia tan normal, tan parecido a todos los demás...

Hoy es un día tan normal, tan parecido a todos los demás...

+1 día

diciembre 25, 2008
Dia de ataque a la cumbre. Luna llena

Día de ataque a la cumbre. Luna llena

2.15 AM. “Chicos, nos vamos levantando, son las dos y cuarto pasadas”, dice Nahuel al abrir la puerta del refugio. Qué duro tener que levantarse a esa hora, cuando ya me había podido dormir, con el calor que daba la bolsa de dormir, y encima salir a caminar en un clima frío, y a nada mas y nada menos, que a hacer ejercicio físico.
Sin dudas que la preparación que nos había querido dar el “Champaquí Extremo”, queriendo hacer las dos cumbres en el mismo fin de semana (La Totora y el Cerro Champaquí) empezando a caminar a las 4 am, con un equipo parecido al del Lanin, tenía algún sentido.
Algunos ya habíamos dejado casi todo listo para levantarnos, y ya saber que nos poníamos. Nos dicen que no hacía mucho frío, que con un pantalón de trekking o (si teníamos) cubre pantalón, ibamos a andar bien. “Nada de viento, totalmente despejado”. En el espacio reducido del refugio, donde 9 personas intentábamos cambiarnos, guardar las bolsas de dormir, y dejar ordenadas nuestras cosas hasta tanto volvamos para emprender el descenso final. “Todo en bolsas de residuos”. Por suerte nos liberábamos de llevar en la mochila unas cuantas cosas al intentar la cumbre, entre ellas, la bolsa de dormir (que particularmente la mía pesa alrededor de 2 kilos). Zapatillas, medias y abrigos extras, se quedaban. Sólo dos litros de agua, grampones, polainas que las llevaríamos puestas, alimentos de marcha, guantes, y como siempre, una prenda por capa para ir liberando calor y no transpirarnos.
Qué importante es eso, y cuantas personas quizás no lo sepan. Cuando empezábamos a caminar, a ascender, debíamos salir sintiendo un poco de frío. El cuerpo enseguida entraba en calor y comenzaba a condensar, por lo cual si salíamos con la temperatura confortable (sin sentir frío), en minutos más estaríamos transpirados, y en la primer parada que haríamos instintivamente nos sacaríamos algo de ropa (porque tenemos calor), y al estar parados, nos agarraría un enfriamiento que muchas veces es el culpable de querer regresar.

Preparando el equipo

Preparando el equipo

La luna estaba ahí, impecable. Quise sacarle un par de fotos, pero salieron desfocadas. Cómo deseaba tener una cámara en ese momento de mejor calidad, y me imaginaba “cuando muestre esta foto”. El paisaje que a penas se dejaba ver con la luz de la luna, la pendiente del Lanin, parecía una maqueta increible.
Terminaba de encintarme los talones, y la planta de los pies con la silver tape (o duck tape), que es una cinta que se compra en cualquier ferretería, y además de servir para reparaciones de todo tipo, yo la utilizo preventivamente para no sacar ampollas (lo había aprendido en Córdoba, que sufrí con la bajada). Me puse las medias, cubre pantalón, remera larga respirable y un buzo de ansilta de soft-shell (increíble esa tela, respirable, rompe viento y encima, seca rápido cuando esta un poco húmeda). Con ese equipo iba a salir a caminar, tiritaba un poco, pero era ideal para entrar en calor luego. Llvaba las dos camperas en mi mochila, alrededor de las 5.30 de la mañana usaría la campera más liviana, porque es el horario cuando hace más frío (cuando comienza a levantarse el Sol).
3 AM, todo listo. Caminaríamos 50 metros hasta la gran mancha de nieve, donde nos calzaríamos los grampones. Los habíamos regulado el día anterior, al llegar al refugio. Cada uno se los colocaba, y los guías revisaban que este todo bien. Pisábamos el hielo, y automáticamente el pie se inclinaba los 35 grados que serían constantes (y más) hasta por lo menos alcanzar el plateau (una especie de meseta al llegar a los 3.000 metros de altura), donde haríamos una parada.
Un guía encabezaba la fila, y los otros dos iban cerrando, cubriendo lo que llaman “la línea de caída” de todos nosotros. Los grampones se agarraban perfectamente a la nieve que estaba dura todavía, por ser la madrugada. Las linternas daban una luz increíble (las frontales), tipo minero, con la cantidad de leds que tenían.

Comienza a dar rastros de vida el Sol

Comienza a dar rastros de vida el Sol

Llevabamos ya una hora de caminata, y en un momento siento un ruido extraño. Era uno de mis grampones (el izquierdo), se había soltado, aflojado. Qué increíble que me pase eso en plena pendiente. “Hacete a un lado” me grita Luis. El grupo sigue, quedamos los dos clavados, en el medio de la nieve. Yo sosteniendome de los bastones con la otra pierna fija en la nieve, y el otro pie levantado. ¿Luis? arrodillado en la pendiente, clavando sus grampones con la punta delantera, acomodándome mi grampón izquierdo. Cómo si estuvieramos en una zapatería, viendo si me queda bien el calzado, pero a casi 3000 metros de altitud, totalmente inclinados, y si mirábamos hacia abajo, con un Lanin que intimidaba.
Después de varias veces que midió el grampón, admitiendo que me lo habían regulado mal, parecía ya estar ajustado lo suficiente para poder continuar el ascenso. Era muy loco ver al resto del grupo metros y metros arriba, nos habíamos retrasado bastante, y Luis comienza otro camino para ir directo a la altura donde estaban ellos. La idea era llegar a la misma altura donde ellos, y luego con alguna de las vueltas de “caracol”, nos unamos con el grupo. Los alcanzamos, y vaya que los alcanzamos con un ritmo, que nos permitió tomar un poco de aire unos dos o tres minutos hasta unirnos con la fila de luces. Seguíamos camino, pero fue ese momento el que me trajo directamente al aquí y ahora, y me daba cuenta lo que estabamos haciendo, lo que estabamos logrando, y el riesgo también que estabamos de alguna manera atravesando. Si bien uno no dudaba de la idoneidad de nuestros guías contratados (mucho menos luego de ver como estaba arrodillado en el plano inclinado), uno caía mentalmente en la cuenta de dónde estaba parado.
Sin dudas ese altercado me jugó en contra, además de enfriarme esos diez minutos estancado, y con las piernas tensas resistiendo la pendiente, psicológicamente también fue un golpe. Luego pensaba si me volvía a suceder, estaba pendiente de mi pierna izquierda (que justamente coincide con la que tiene la cirugía de ligamentos), y la separación del grupo por más de media hora en total, también fue un tema. No pararíamos hasta encontrarnos con el resto de mis compañeros.
El café, tomamos un vaso completo de café antes de salir del refugio (era nuestro desayuno) junto con algunas galletitas grandes de granix, que tienen bastantes calorías. Había gente que sólo optaba por tomar líquido y no comer alimentos, por el mal de altura. Hay gente que cuando se levanta, si no come algo, no puede continuar. Pero una vez en Buenos Aires, leyendo acerca de cómo aumentar la capacidad aeróbica, leí también que antes de hacer ejercicio físico, tomar café no es la mejor opción. Y se preguntarán ¿por qué? por el hecho de que aumenta el ritmo cardíaco, las pulsaciones, la cafeína. Esto hace que, comparando un día que hacemos ejercicio sin tomar café previo a otro en el que sí tomamos café, en este último rendiremos mucho menos que el primero, debido a que nuestro corazón se agita más rápido, y nos deja mucho menos margen de trabajar en el rango de frecuencia cardíaca adecuada (dependiendo de nuestra frecuencia cardíaca máxima). Pero yo no tenía idea de eso, y supngo que la mayoría de los que estabamos allí.

Hasta aca llegamos

Hasta aca llegamos

Ale comenzaba a sentirse congestionado, no podía respirar bien por la nariz, y además, pensando en el regreso (ese mismo día debíamos descender el Lanin por completo), había que calcular y tener resto para lo que quedaba. En total, serían aproximadamente 9 horas y media de trekking para el segundo día, desde que emprendimos el ataque a la cumbre, hasta que llegamos a la base, donde terminaba la aventura.
No se si será otro factor que habrá influido en mi decisión de parar en los 3.500 metros, para iniciar también el descenso, junto a mi amigo Ale. Pero también, desde que salí del refugio y vi la inclinación de la pendiente, me preguntaba cómo sería el descenso. ¿Lo podré resistir? ¿Mis rodillas resistirán? Sin dudas que era un desafío importante, además de llegar a la cumbre una satisfacción imposible de cuantificar en felicidad. La ansiedad de conocer mi desempeño en el descenso, también influyó, creo yo, en mi decisión de comenzar a descender de “nuestra cumbre”.

Cono de sombra del volcán Lanin proyectada al amanecer sobre el volcán Villarrica (Chile)

Cono de sombra del volcán Lanin proyectada al amanecer sobre el volcán Villarrica (Chile)

Al fin sentimos el calor del Sol

Al fin sentimos el calor del Sol

La cumbre, impecable

La cumbre, impecable

Mar de nubes

Mar de nubes

Nos alejábamos

Nos alejábamos

Miré a mi alrededor, miré las caras de mis compañeros, que estaban escalones más arriba que yo, y miré hacia abajo: Ale y Nahuel esperando mi decisión. Luis que arroja: “todos somos grandes y responsables, cada uno sabe como se siente y tengan en cuenta que hay que guardar piernas para el descenso, si hay dudas mejor no seguir”. Siempre hay dudas, pocas veces uno puede decir que esta el 100% convencido, o al menos son contados con los dedos de las manos esas situaciones. Ahí es donde faltó un factor motivador, además de mí mismo, externo, que diga: “Diego, vos venis bien, seguí que sólo faltan dos horas”. Bueno escuchar que faltaban dos horas (sin la parte de adelante), fue lo que terminó catapultando mi decisión del descenso. “Luis, yo me parece que también bajo”. “Me parece”, dije, dejando la puerta abierta de la duda, para ver si escuchaba un comentario que me convenza de hasta ahora, mi decisión final. No lo hubo, sentí que era el momento.
Cuantas cosas se juegan en esos momentos. Como imaginar el campo psicológico de una persona, todos los “vectores” que influyen en una decisión final. Son cosas que uno no entrena, ni en la cinta, ni en el escalador del gimnasio, ni en la camilla de cuadriceps, ni haciendo abdominales, ni caminando, ni andando, ni corriendo. Ni viendo la flexibilidad de la elongación cuando terminamos de hacer algún ejercicio. Algunos factores cuya probabilidad de que ocurran son pocas, otros factores que uno no tiene idea que van a estar ahí, afectando nuestro sentir, nuestra percepción del cuerpo. El frío, que a veces no permite darnos cuenta de los latidos. Pero el más importante, la motivación para continuar adelante.
En fin, muchas cosas fueron las que influyeron para comenzar a bajar. Me uní a Nahuel y Ale, y rápidamente comenzamos a quitarle metros a nuestra cumbre. Lo haríamos rápido para que no nos “caguen a piedrazos” los que seguían el ascenso. El acarreo rocoso de la última parte, arrastra rocas de mucho mayor tamaño y por eso el uso del casco. Pero no teníamos intenciones de si quiera dar chance a que una roca nos roce. Llegabamos a la gran mancha de nieve, y empezabamos a clavar los grampones bien firme, con el talón primero. Un paso tras otro, no era complicado, pero si se llevaba el 100% de los cuadriceps, ni hablar de los gemelos. Mucho esfuerzo. Le pregunto a Nahuel si no podíamos hacer “culopatín”, y dice que ellos no lo suelen hacer, por el peligro que representa que al descender, uno mismo con el talón frene sin querer, y se de vuelta, y comienza la caída boca abajo, lo que hace que sea casi imposible de frenarse. Eran 600 metros aproximadamente de puro descenso sobre la nieve, aún dura.
Paramos un par de veces, Ale también tuvo un problema con un grampón, así que también se los ajustó Nahuel.
A eso de las 8.30 llegabamos al refugio. Brindabamos, festejabamos nuestra cumbre después de dormir como una hora. Debíamos esperar al resto del grupo que llegaría alrededor de las 12.30, y para nuestra sorpresa, descendiendo rápidamente haciendo “culopatín”. Nahuel, asombrado de la decisión de los dos guías que acompañaban a los chicos. Yo, pensando, si sabía que bajaba así, hacía cumbre.
Pero eso no se escribió (sólo se pensó), quedará para el próximo Lanin, y será otra la historia.
18 horas, sanos y a salvo, en la base del Volcán. Antes de comenzar el trayecto del Bosque, miraba al volcán, miraba a dónde habíamos llegado.

Volcán Lanin, desde la base

Volcán Lanin, desde la base

Y siempre, la idea de “volveré” rondaba en mi cabeza, y un sentimiento muy profundo, cuando quitaba la mirada para terminar con los últimos metros del camino.

Volveré

Volveré

0 días

diciembre 23, 2008

5.50 AM, sonaba el despertador del celular con uno de mis temas favoritos de mi actualidad (“hoy toca ser feliz” de grupo Mago de Oz). Ale pega un grito desde la cama de arriba “Diego ya son las 6” y le contesto “Ya se, dejé que suene para que te despierte a vos”. Incrédulo, rie.
A las 6.30 AM pasarían a buscarnos por el hostel Ladera Norte. La noche anterior habíamos hecho las últimas compras para llevar a la excursión (básicamente un par de botellas de agua mineral para portear hasta el refugio), y algo para desayunar. Nuestras mochilas se veían un poco descargadas a diferencia de cómo llegaron, pero no sería por mucho tiempo.

Camino a Junin de los Andes

Camino a Junin de los Andes

Puntual: el guía (Nahuel) que nos pasaba a buscar por el hostel, no demoró ni 1 minuto más de lo pactado. Eramos los primeros en subir a la 4×4 que nos llevaría hasta la entrada del Parque Nacional Lanin. Pasaríamos a buscar a otra cliente más por su correspondiente hotel, y emprenderíamos el viaje de aproximadamente 100 kilómetros hasta Junin de los Andes. ¿El clima? tal como nos habían anticipado: fresco, nublado, poco viento, pero había una pequeña llovizna que no estaba incluida en nuestros pronósticos. Pero era muy leve, y no llegaba a aplacar nuestros ánimos en lo absoluto. Nahuel decide detenerse en su casa, para poder tapar las mochilas con una lona, y que no se mojen. También nos comentaba que lo mejor, en cuanto a pronósticos climáticos, era siempre verificar tanto el lado argentino de la cordillera, como el lado chileno. Es por eso que era aconsejable, siempre que se iba a la montaña (a esta montaña), ver cómo estaría el clima en Pucón (localidad chilena). Y decía: “si en Chile esta bravo, lo más seguro es que eso luego venga para Argentina”. Por eso que cuando llegamos a la entrada del parque, y veíamos el cielo abrirse del otro lado (algo de celeste por fin), se nos dibujaba una sonrisa con ánimos de proyectar un cielo totalmente despejado para las próximas horas. Pero de a poco.

Camino de ripio entrando al Parque Nacional Lanin

Camino de ripio entrando al Parque Nacional Lanin

Era muy llamativo recorrer el pueblo de Junin de los Andes (aproximadamente 15.000 habitantes según nos contaban), y ver que las casas no tenían protección alguna: ni cercos, ni rejas. Las ventanas eran vidrios totalmente transparentes, donde no había ninguna intención de taparlas con barrotes. Terrible contraste con la actualidad que vivimos los habitantes de muchas ciudades mucho más urbanizadas. Las puertas sin cerrar, los autos estacionados con ventanillas abiertas y las llaves puestas, carteles en las casas que hasta informaban el nombre de la familia que la habitaba. Sin semáforos, un paisaje increible. Sin dudas un lugar para conocer, e invita a un cambio radical en la vida que vivimos los que habitamos la Ciudad de Buenos Aires.

Base del Lanin, cubierto por nubes. En el horizonte, la esperanza

Base del Lanin, cubierto por nubes. En el horizonte, la esperanza

El Lanin no se dejaba ver desde la ruta. Más bien, las nubes no nos dejaban verlo. El camino de ripio que conducía a la entrada del Parque Nacional se encuentra en muy buen estado, y allí comenzabamos a visualizar al resto de nuestros compañeros que se sumaban a la aventura. Había dos parejas, una extranjera y otra de nuestro país, dos pares de amigos, y tres personas “sueltas”, como suelen llamarle. 11 clientes, y 3 guías. Una buena proporción (1 guía cada 4 clientes).
Eran poco más de las 8 y media de la mañana, y comenzaban a repartirnos las cosas que debíamos portear cada uno de nosotros: casco, grampones, bastones (aunque yo llevaba los míos: telescópicos), polainas, un par de frutas, almuerzo para los dos días de excursión (sandwiches de jamón y queso), algún paquete de galletitas, y una bolsa con caramelos, barras de cereal y algunos chocolates. Eso terminaba por colmar la capacidad de mi mochila (o al menos, hacía que tenga que usar la extensión de 15 litros).
Terminamos de ajustar la mochila (importante que quede bien apretada sobre los huesos de la cadera, para llevar en los hombros el menor peso posible). La idea era que el 60%-70% del peso se lleve en la cintura, y el resto lo cargue la columna vertebral. Difícil de medir, pero la idea es que cuando uno camina, entre los hombros y las cintas de la mochila, tiene que haber un poco de juego. Eso indica que la mochila casi ni se apoya en los hombros, y eso evitará dolores de espalda, y sobre todo, contracturas. Lo ideal: mochilas que vienen con la cinta de la cintura con huecos especiales para que los huesos de la cadera queden inmersos en el cinturón de la mochila.
Terminamos de ajustar el equipo, sobre todo la gente que había alquilado parte (como ser botas, aunque es poco aconsejable por el riesgo de ampollas).
Y empezabamos el recorrido por el bosque de Araucaria. Sin pendiente, era un buen trayecto para terminar de ajustar la mochila, y la comodidad. Una vez pasado el bosque, aparecía el cartel que anunciaba el inicio del ascenso al Volcán Lanin, y nos anticipaba una experiencia increible.

Cartel de bienvenida al sendero para iniciar el ascenso

Cartel de bienvenida al sendero para iniciar el ascenso

Se formaba la fila, uno tras otro, comentarios para romper el hielo entre nosotros mismos, algunos hablaban más, otros compenetrados seguíamos con atención el terreno, que comenzaba a ponerse pesado. Yo prefería el silencio. Y pensaba la cantidad de veces que había leido acerca de la famosa “espina de pescado” que estabamos comenzando a transitar. Muchos habían hablado del “acarreo rocoso” y nosotros esatabamos empezando a experimentarlo. Hablaban de 5 horas hasta el refugio, y era verdad. El primer día estaríamos alrededor de 6 horas caminando hasta el refugio CAJA, que se encontraba casi a 2.600 metros de altura.

Comienzo de la espina de pescado

Comienzo de la espina de pescado

Espina de Pescado

Espina de Pescado

Espina de pescado

Espina de pescado

El acarreo rocoso: terreno con arena, tierra, ceniza volcánica y piedras volcánicas (filosas). ¿Cual era el inconveniente? al ser blando el terreno, uno sentía que daba un paso (geográfico) cada 3 pasos reales. El pie de apoyo descendía cuando el otro intentaba trepar. Como caminar en arena, pero en subida. Pisar rocas con la planta del pie y que nos desestabilice el tobillo. Había que cuidar eso: tobillos, rodillas. De a poco, paso a paso. Me acordaba: “cada paso habilita el siguiente”. Lo había puesto en el msn varias veces, y era el momento preciso para ponerlo en práctica. Uno no iba a llegar, donde sea que fuera, sino pensaba en cada uno de los pasos que daba. Al fin y al cabo, el destino era una sumatoria de hechos que se fueron dando, para que uno este allí, en el camino. Podría nombrar muchos: consultas con diferentes agencias para averiguar, reserva de pasajes, de hospedaje, conseguir todo el equipo apropiado, tener la disponibilidad de días en el trabajo y al mismo tiempo la disponibilidad económica que demandaba, estar con un estado de salud y físico aceptable para no ir a perder el tiempo, y sobre todo un estado “psíquico” que nos iba a permitir permanecer en la montaña.

Descanso transitando la espina de pescado

Descanso transitando la espina de pescado

El camino comienza a ser más inclinado

El camino comienza a ser más inclinado

Espina de Pescado desde arriba

Espina de Pescado desde arriba

Camino al refugio militar

Camino al refugio militar

Comenzabamos a estar a la altura de las nubes

Comenzabamos a estar a la altura de las nubes

Refugio militar (nuevo) a 2.315 metros

Refugio militar (nuevo) a 2.315 metros

La cumbre ya se dejaba ver

La cumbre ya se dejaba ver

Refugio militar (nuevo), nubes detrás

Refugio militar (nuevo), nubes detrás

Seguiamos camino hacia el refugio CAJA, casi a 2600 metros

Seguíamos camino hacia el refugio CAJA, casi a 2600 metros

Nieve y nubes

Nieve y nubes

La pendiente aumentaba, y superabamos de a poco a las nubes

La pendiente aumentaba, y superabamos de a poco a las nubes

Así que ahí estabamos. Despacito, pero constantes. Cada 50 minutos o 1 hora, parabamos a descansar unos minutos. La hidratación debe ser continua, y no en cada parada (de ahí la ventaja de los equipos de H2O para las mochilas, que incluyen un tubo que llega hasta la boca, para tener el agua “a mano”). Por mi parte, tenía la botella de nalgene colgada de una de las cintas de la mochila, en mi pecho, soportada con el adaptador que hicimos con Elsa. También llevaba botellas de 500 ml en los bolsillos laterales de la mochila. Llevabamos 2 litros cada uno, que deberíamos utilizarlos en el camino. En el refugio, derreteríamos nieve para tener más agua. La desventaja de esta agua (nieve derretida), es que no posee sales ni minerales, por lo cual, en conclusión, no hidrata. De ahí que los guías nos repartieron jugos para mezclar con el agua (tang, etc.), y que le de algo nutritivo y de sabor. Sería el agua que utilizaríamos en el segundo día.

El viento empezaba a sentirse

El viento empezaba a sentirse

Por fin, el refugio CAJA

Por fin, el refugio CAJA

Lo que faltaba, para el otro dia

Lo que faltaba, para el otro día

La sombra del Volcán Lanin, que se proyecta al atardecer

La sombra del Volcán Lanin, que se proyecta al atardecer

Sopa de nubes

Sopa de nubes

El clima se estaba portando de diez. La mayoría del tiempo gozamos de fresco (20 grados como mucho) y nubes que nos tapaban de los rayos del sol, y hacían más amena nuestra caminata. Hasta que a la altura de 2.300 metros (donde se encuentra el primer refugio militar, donde sólo pararíamos para reponer agua), comenzabamos a superar a las nubes, y el sol nos daba por completo. Pero faltaban tan solo 300 metros de desnivel para llegar al destino de nuestro primer día de travesía.
Los que no se hidrataron durante la caminata, comenzaban a sentir algún síntoma de cansancio, mareo. Tropezaban con algunas rocas. Pero todos a salvo, algunos más cansados que otros. Al llegar al refugio, podíamos, tranquilos, mirar hacia arriba: la cumbre, totalmente despejada, impecable.
Luego de cambiarnos la ropa mojada, elongar (importante) y descansar un poco, EN ESE ORDEN, teníamos tiempo para admirar el paisaje a nuestro alrededor. Ya se podía ver el lago Tromen, la aduana chilena y argentina, el volcán Villarrica alineado con el Lanin, parecen hermanos.

Tomaríamos algo caliente a la tarde, una picada. Teníamos que reponer fuerzas para estar lo mejor posible para atacar la cumbre a las 3 AM del otro día.
Casi las 9 de la noche, y ya se podía ver la Luna (llena), que se despertaba para alumbrar lo que sería nuestra travesía nocturna.
Dentro del refugio, sentíamos alguna que otra pequeña ráfaga de viento (se que no llegaban a ser ráfagas, pero para que se entienda). Era intermitente. Nuestras caras, expectantes. Nos mirábamos. Algunos sólo merendaban, otros charlaban (de todo), otros seguían sacando fotos afuera, otros querían descansar. Yo intentaba vivir segundo a segundo la experiencia. No quería perderme de nada, por eso salí a sacarle fotos a la luna con el atardecer. A la sombra proyectada del Volcán Lanin sobre las nubes.

La Luna se despertaba al atardecer

La Luna se despertaba al atardecer

Cenaríamos ravioles, con la opción de crema, y queso rayado. Algunos repitieron. Yo quería estar lo más liviano posible, para poder dormir, cosa que lograría recien pasadas las 23.30.
Una pareja dormiría en carpa, fuera del regufio. Nosotros, los nueve restantes, ubicados en el refugio. Tengo que dormirme me decía, tengo que dormirme! pero a pesar del cansancio, no podía. Quería descansar, me cuesta sentirme bien cuando duermo muy poco, pero eran las reglas del juego.

-1 día

diciembre 18, 2008

Por fin había llegado el gran día. El día en que comenzaba la aventura Lanin 2008. Horas antes mi compañero de aventura ya había confirmado su presencia y habíamos estado ultimando detalles de las mochilas. Alrededor de 12 kilos estaban ambas mochilas y de a poco se acentuaba eso de empezar a dejar cosas prescindibles. Ale cargó con su GPS, y por mi parte distribuí entre los dos las botellitas que llevabamos para festejar “nuestra cumbre”, cualquiera sea. Cada una era casi medio kilo! Y encima yo estaba con la paranoia de que la botella pueda explotar en el avión, y su corcho causar una rotura en la cabina, y causar un desastre. Estaba nublado en Buenos Aires, pero los pronósticos para San Martín de los Andes parecían ideales a la distancia: todo despejado. Abría estas páginas y aparecían soles radiantes, pero que hacían desconfiar sobre el grado de actualización de la información, o bien si serían sólo unas lindas imágenes de un sol feliz con lentes negros.
Sonó el celular, era Ale para avisar que estaba con el remis que nos dejaría en Aeroparque. A todo esto, nuestro vuelo (el AR1664, cómo olvidarlo) había sido reprogramado el día anterior: flor de susto. Cuando abro el mail que nos habían enviado, no encontraba diferencia alguna con los datos del vuelo original. Pero sí, la había. El avión llegaría 20 minutos antes de lo planeado, ya que no haría la escala prevista que tenía (que nunca supe cual era). Lo más cerca que estuve de averiguarla fue cuando pensé si la escala que habían eliminado no sería justo nuestro destino. Pero no, luz verde. Ahí es cuando siempre me recuerdo: el 99% de los pensamientos fatalistas o trágicos que uno tiene, nunca ocurren.
Ya en el aeropuerto, con nuestro chek-in hecho por adelantado por web, supimos que nuestras balanzas andaban bien: 11 kilos era el peso que marcaba la balanza cuando despachamos el equipaje. Evitamos la tasa de embarque que tuvimos que haber pagado si superabamos los 15.
Todo listo, sólo restaba esperar a las 11.30, hora en que embarcabamos.
El viaje en avión, por Aerolíneas Argentinas, fue impecable. Puntualidad, y un vuelo sin sobresaltos. Lo más abrupto fue e l aterrizaje, pero nada importante. Desde el avión tuvimos la suerte de poder ver al Volcán Lanin, y alineado detrás de él (luego lo sabríamos) el Villarrica (en Chile). Sublime se veía la cumbre del Lanin por sobre las nubes, y todavía no me entraba en la cabeza cómo nosotros estaríamos por esas alturas, cuando lo estabamos mirando desde el avión. Atiné a gritar “parada chofer”, para ahorrarnos unos cuantos pasos, pero no (no me escuchó).
“Les damos la Bienvenida a la Ciudad de San Martín de los Andes. La temperatura es de 9ºC…” nueve grados! y muchas nubes. Todo cubierto, muy diferente al cielo celeste qeu se veía desde el avión por encima de las nubes. Pero me ponía feliz por el comentario que me había hecho Silvina (una de las empleadas de la agencia de turismo con la cual pude hablar unas cuantas veces por teléfono) cuando le había preguntado cómo estaba el clima y respondió: “los chicos estan bajando con mucho calor”. Con temperaturas que llegaron a superar los 30ºC, la verdad no me imaginaba estar cargando con poco más de 11 kilos en la espalda, ascendiendo, con 30ºC de temperatura. Por eso mi alivio, y el de Ale.
Luego de recuperar nuestro equipaje, nos encontramos con Adrián (mi contacto de la agencia de turismo y quien nos iba a trasladar al hostel que habíamos reservado). Luego de una grata bienvenida, nos preguntó unas cuantas veces si habíamos estado haciendo algo (se refería a algo de ejercicio). Bueno por mi parte sí, y Ale también, había empezado hace poco más de 1 mes el gimnasio, pero ambos habíamos hecho cuanto estuvo a nuestro alcance.
22 Kilómetros nos separaban de la ciudad de SMA al aeropuerto, kilómetros que sirvieron para hacer una lista mental de todas las dudas que se nos venían a la cabeza para preguntar al guía, quien pasaría a las 17 por el hostel para la revisión de equipos.
Gente de todas partes del mundo viene a realizar el ascenso al volcán Lanin, inclusive muchos turistas extranjeros que se encuentran de vacaciones, a veces improvisan y se suman a este tipo de excursiones.
Santiago, el dueño del hostel, nos aguardaba en la puerta para recibirnos. Sus primeros comentarios coincidían con la información que teníamos desde Buenos Aires: mucho calor. De los últimos que habían subido, pocos habían llegado a la cumbre, y se habían despertado a las 16 del otro día, para ir a comer un asado. El cansancio, pero al mismo tiempo la satisfacción de haber estado allí, parecían ser el equilibrio perfecto para lograr una paz interior que a veces, en la ciudad, uno suele desconocer. Al menos fue lo que me sucedió a mí.
Pero el clima había cambiado. Adrián nos despide y nos comenta que nuestro Guía sería Luis (o al menos el referente que teníamos nosotros por el momento). Luis vendría a hacer la revisión de nuestro equipo, para verificar que no falte nada, y que tampoco sobre. Eso fue lo mejor: nos sorprendimos porque muchas cosas pudimos dejarla, ya que ellos contaban con algunas cosas en el refugio (por ejemplo plato, jarro y cubiertos). También pudimos alivianar la carga dejando unos cuantos pares de medias, alguna que otra remera. Pero no vayamos tan rápido, al otro día se nos agregarían otras cosas que quizás no habíamos tenido en cuenta, además del agua y la comida.
Completamos la ficha médica, y dispara: “¿y con la rodilla como te sentis?”. Si bien hace casi dos años de la cirugía, me parecía un dato por demás importante colocarlo en la ficha, pero al haber tenido la grata experiencia del Champaquí, me sentía confiado y seguro, pero sin dudas que esto aumentaba un poco más la exigencia física.
Todo listo, algunas indicaciones, pagamos el resto de la excursión, y al otro día nos volveríamos a ver las caras 6.30 para comenzar la travesía hacia el Lanin.
Parecía increible, pero ahí estabamos, aguardando con mucha emoción, y algunos destellos de ansiedad, lo que venía planeando hace más de 5 meses.
Fuimos a comprar algunas cosas para el desayuno (cuando recordé que le hostel Ladera Norte incluía desayuno, tarde!), el agua para portear el día siguiente, y a cenar.

Vivía un clima de “vacación”, pero por sobre todas las cosas de “aventura”, que últimamente estoy intentando disfrutar cada vez más seguido.

-4 días

diciembre 6, 2008
LANIN Allá Vamos

LANIN Allá Vamos

Me preguntaba si el título del comienzo de esta historia, debía ser -4 o -150, los días que faltarían desde aquel 13 de Julio cuando se me cruzó por la cabeza esta aventura.
Por aquellos fríos meses de invierno sí que era todo un sueño imaginar que podía estar, en pocos días más, concretando aquella aventura que en ese momento me parecía casi imposible, por el diagnóstico poco feliz de mi rodilla derecha.
No obstante, la ilusión se mantuvo, y revivió aquel viernes 19 de Septiembre, cuando me enteré que mi rodilla había sanado. Y creció aún más, cuando pude regresar mucho más motivado de aquel viaje por las sierras cordobezas, el cual no hizo más que afirmar que el camino que había tomado era el correcto. Entrenar para dar seguridad y confianza, principalmente, a la mente, que más de una vez nos juega una mala pasada.
Y así fueron pasando los días. Ustedes lo han visto. Día a día, nick renovado en el msn contando los días que faltaban para este gran momento. Lo mejor de todo: no lo vivo como el único, sino que es un camino que comenzó hace unos meses y espero, tenga tela para rato. Al menos, montañas sobran en el mundo como para seguir pidiendo permiso.
Así nació, y se fue modificando esta aventura, a tal punto que tuve la grata sorpresa de que uno de mis más viejos y queridos amigos se sume a esta experiencia, que sin duda graba un recuerdo inolvidable en las mentes y los corazones de aquellos que las vivimos. Compañía que hoy esta en duda, pero que más allá del desenlace que tenga, cualquiera sea la cumbre que alcancemos, allí estará presente. Y como todos sabemos, las montañas allí estarán, esperando que vayamos a acariciarlas cuando ellas lo permitan. Por lo cual, si no es hoy, será en otro momento mi querido amigo.
El tiempo es cambio. Lo leí varias veces, y sigo apostando a esa pequeña frase. Y sin duda que día a día cambiamos, de a poco, hasta inclusive no no demos cuenta de pequeños cambios que se producen en nosotros. Internos, pero que tarde o temprano, afloran a la superficie.
Y sin dudas, los que vamos no seremos los mismos que regresamos.
Los que regresamos, no somos los mismos que fuimos.