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Primer intento al Domuyo, el que tiembla y rezonga

noviembre 30, 2010
Camino a Varvarco

Camino a Varvarco

Qué puedo decir. Una semana después de haber regresado del silencioso ambiente de montaña, aquí de regreso en la ciudad de Buenos Aires.
Duele ese contraste que nos sucede a los montañistas, cuando vilentamente se nos devuelve a la realidad urbana en la que, muchos de nosotros, vivimos.
Volver a nuestro ambiente habitual de un lugar completamente desolado, excepto por nuestros compañeros de aventura, y la fauna que eventualmente uno encuentra, nos permite dar cuenta de las cosas que no están bien. Esas cosas que hacemos a diario y que, gracias a estos contrastes, nos permite darnos cuenta que tanto nos molestan, nos violentan, nos irritan.

Camino al Campamento Base

Camino al Campamento Base

La naturaleza inóspita, el paisaje desértico, la inexistente probabilidad de encontrarse con alguien caminando algún sendero, es lo que hace únicos a estos lugares.
Lo bravo del clima. Pensar que la fina y delgada tela de una carpa puede definir entre la vida y la muerte. Un abrigo, el ser consciente de lo penetrante del frío en nuestras extremidades. Nuestra mente cambia radicalmente sus preocupaciones. Preocupaciones que yo llamaría más primitivas de lo común.
Somos nosotros mismos llevados a un contexto completamente diferente al que estamos habituados. Y en este contexto, ¿seguimos siendo los mismos o comenzamos a ser realmente quien somos? Vivimos más esencialmente cada momento, a diferencia de los rutinarios y racionales días aquí, en la civilización.
Pero no se porqué motivo me estoy yendo por otro camino. En un principio este post quería narrar mi experiencia en el Domuyo, conocido erróneamente como “Volcán Domuyo”. Es verdad que hay actividad geotermal en las zonas aleadañas, y formaciones volcánicas que lo rodean, pero según lo que pude investigar en Internet, no es un volcán.

Paisaje desde Campamento Base

Paisaje desde Campamento Base

Esta experiencia estaba partida en dos. Desde que se me puso en la mente la idea de ir a esta expedición, sabía que había una expedición hasta determinado punto del camino, y otra expedición completamente diferente a partir de ese punto.
El punto del que hablo, para los que conocen, han leído o han tenido la oportunidad de estar ahí, es al que se llega alrededor de los 4.000 metros sobre el nivel del mar. Aquí comienza el nevé, o el planchón de nieve con mayor pendiente de todo el recorrido. Lamentablemente famoso, por los accidentes que han ocurrido en dicha zona. Este tobogán de nieve, desemboca directo en un glaciar, siendo incrementada su dificultad de tránsito por el viento que hace inconfundible a la zona: la Cordillera del Viento.

Camino al Filo

Camino al Filo

Cuando hablo de dos experiencias completamente diferentes, debo comentarles que no tuve la suerte, o mejor dicho, no hemos tenido todos los integrantes de esta expedición del 16 de Noviembre, en conocer la segunda parte. Luego de haber permanecido tres días en el campamento base armado a los 3.000 / 3.100 metros sobre el nivel del mar (campamento que suelen llamar “La Lagunita”), el cuarto día era nuestra última oportunidad de intentar la cumbre. Ese día, al igual que los anteriores, el viento en el campamento base era una constante. Y se lograba a concluir: si las carpas se sacudían con las ráfagas de viento, sabíamos que lo que nos esperaba más arriba era algo similar, o exponencialmente incrementado por la falta del reparo al llegar al filo de los 3.800 metros.
Y así fue. Llegamos al filo, y el viento por momento lograba tumbarnos. Cuando vi el gesto del guía que coordinaba al grupo, y su mano indicaba el descenso, se me vinieron muchos pensamientos en ese instante. En primer lugar, sabía que llegaba sano y salvo a mi hogar: desandar el camino realizado no presentaba mayores dificultades. En segundo lugar, recriminaba (no se a quién o a qué): qué injusticia! con lo que cuesta entrenar duro, hacerse el tiempo, contar con los recursos (desde el equipo, el transporte, etc.) y dejar a nuestros seres queridos un tanto preocupados por la actividad que realizamos. Y en tercer lugar se me venía a la mente la pregunta de cuándo será la próxima vez que pueda transitar ese mismo sendero; si será la primera y última vez que mi existencia se encuentre por esos lugares. Y siempre, siempre, se mezcla ese interrogante que se me produce al escuchar a Joaquín Sabina recitar “al lugar donde haz sido feliz no deberías tratar de volver“. ¿Será realmente así?

Paisaje desde los 3.800

Paisaje desde los 3.800